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Entre montañas de ropa, los supervivientes de la riada de Nepal empiezan otra vida
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Entre montañas de ropa, los supervivientes de la riada de Nepal empiezan otra vida

EFE (Internacional)
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Indira Guerrero

Devighat (Nepal), 1 sep (EFE).- Los niños saltan sobre montañas de ropa donada, se prueban camisetas demasiado grandes y rebuscan entre pantalones y chaquetas mientras otros corretean por los jardines de la escuela convertida en campamento, ajenos por momentos a la fila que forman a pocos metros sus padres para recibir las cosas que necesitan después de haber perdido sus casas o tenido que abandonarlas por la riada.

En Devighat (centro de Nepal) casi todo llega ahora de otra persona.

La ropa, las mantas, los alimentos y los artículos de higiene aparecen en cajas que los voluntarios descargan, abren y ordenan en las aulas y patios del centro, donde duermen unas 200 personas procedentes principalmente del área del mercado de Devighat y de otras comunidades cercanas.

Durante un día, entre 800 y 900 personas pasan por el lugar para comer, buscar suministros o saber qué ayuda ha llegado, explica a EFE Ritik Mogia, uno de los responsables del campamento, donde este lunes se prepararon unas 400 comidas solo para el almuerzo.

A un lado del patio, alguien lee nombres de una lista, los adultos escuchan, esperan y levantan la mano cuando reconocen el suyo. Al otro, los niños siguen jugando.

Algunos saltan entre las prendas, otros se ponen encima una camiseta para comprobar cuánto les sobra y unos cuantos entran y salen corriendo de los jardines, en una escuela que hace seis días servía para otra cosa.

"Han perdido sus casas, han perdido sus tierras, han perdido sus trabajos. Lo han perdido todo. Solo les queda la vida", dice Krishna Rimal, un profesor de 33 años que vive en la zona y conoce a muchas de las familias refugiadas allí.

Tiene familiares y amigos desaparecidos y también alumnos con los que todavía no se ha podido establecer contacto.

En el campamento conviven esas varias realidades, personas que siguen esperando noticias de quienes faltan y otras que ya tienen que pensar dónde dormirán dentro de una semana, qué ropa usarán mañana o de qué manera volverán a ganarse la vida.

Lo que llega y lo que falta

Saurav Rimal, presidente de Karma Yog Foundation, llegó a la zona después de preguntar a las autoridades locales qué necesitaban los damnificados. Su organización llevó dos camiones de suministros y desde entonces las donaciones han seguido entrando desde distintos puntos de Nepal y del extranjero.

"Ha habido una respuesta enorme de gente de Nepal y de todo el mundo", explica.

La cantidad de ayuda inmediata ha permitido cubrir algunas de las necesidades más urgentes, pero seis días después la pregunta empieza a ser otra: ¿Dónde va a vivir toda esta gente?.

"Ahora tenemos que planificar la rehabilitación, los refugios temporales, dónde van a estar estas personas", dice Rimal.

El lugar funciona mientras tanto con la lógica provisional de una pequeña comunidad. Hay desayuno, almuerzo y comida por la tarde, voluntarios que descargan cajas, jóvenes scouts que organizan actividades y profesionales que ofrecen apoyo psicosocial a quienes lo necesitan.

Los adultos preguntan por colchones, ropa, documentos o comida. Los niños encuentran otras posibilidades en las mismas cosas.

Una caja recién abierta puede contener pantalones para una familia que salió de casa sin poder recoger nada, pero una montaña de esas prendas también sirve para lanzarse encima, esconderse o sacar una camiseta enorme y enseñársela a los amigos.

Las cosas de los vivos

Rajesh Thapa, de 23 años, forma parte de la Nepal Scout Volunteer Force y pasa parte de sus días al otro lado de esta aparente normalidad, entrando con otros voluntarios en las viviendas cubiertas de barro para intentar recuperar aquello que sus propietarios dejaron atrás.

Buscan escrituras, documentos, joyas o cualquier objeto que todavía pueda devolverse a una familia y en esa labor, a veces encuentran también cadáveres humanos o animales.

A pocos minutos de allí sigue la búsqueda entre las casas destruidas, mientras en la escuela alguien clasifica camisetas por tallas, prepara cientos de platos de comida y pronuncia en voz alta los nombres de quienes esperan su turno.

Es una división extraña que la riada ha trazado sobre Devighat, donde todavía hay que encontrar a los muertos y, al mismo tiempo, empezar a reunir las cosas que necesitan los vivos.

Y los niños quedan en medio. Algunos ya no tienen la casa a la que regresar y llevan casi una semana durmiendo en una escuela convertida en refugio.

Pero siguen siendo niños. Mientras sus padres esperan una manta, una bolsa o el siguiente nombre de la lista, ellos atraviesan corriendo los jardines, vuelven hasta el montón de ropa y se lanzan otra vez encima.

A pocos metros alguien pronuncia un nombre y un adulto levanta la mano para recibir una ración para el día.

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