«Es nuestra casa»: niñas vuelven a orfanato al sur de Líbano a 1 km de ocupación israelí
Edgar Gutiérrez
Tebnine (Líbano), 29 sep (EFE).- Apenas a un kilómetro de la zona que Israel mantiene ocupada en el sur de Líbano, un grupo de 30 niñas y mujeres jóvenes huérfanas ha regresado al centro que consideran su casa, un lugar marcado por los bombardeos del que ya no se atreven a salir.
El centro, tan cerca de la llamada 'línea amarilla' —como denomina el Ejército israelí a la zona que ocupa en Líbano pese al alto el fuego—, tuvo que evacuarse durante los peores momentos de los bombardeos, y ahora, pese a los daños causados por los ataques israelíes, lo que necesita fundamentalmente es "paz" y "la esperanza" de que sus residentes "volverán a ser libres".
Las niñas y jóvenes que han vuelto al lugar, de entre 4 y 21 años, son 30 de las 80 que el orfanato acoge habitualmente, y regresaron a mediados de septiembre. Todas residen en la planta baja de un edificio grande pero visiblemente descuidado, con la planta superior destruida y el ala oeste, parcialmente inutilizada desde un bombardeo israelí en 2024.
Al inicio de los ataques israelíes, y dada la proximidad con el frente, las residentes se dispersaron como gran parte de la población local y terminaron viviendo en refugios en Beirut, Saida y otras localidades, sin escuela y sin ningún atisbo de normalidad.
Ahora vuelven a su rutina, con una casa a la que llaman suya y yendo a la escuela del pueblo o a la universidad en Beirut.
Igualmente, según explica a EFE Basima Fawaz, hija del fundador y primer director del centro, las residentes "no quieren estar fuera, quieren quedarse dentro del edificio".
Hace apenas unos días, cuenta, hubo un ataque muy cerca: "Una de las niñas, sin pensarlo, se quitó el pijama y se puso la ropa. Quería salir corriendo. Tuvimos que calmarla".
"Esta guerra ha afectado de verdad a todos los niños, no solo a los del orfanato", añade.
La guerra se ha cobrado un alto precio entre los más pequeños: desde el 2 de marzo hasta el mes de julio 253 niños han muerto y 1.036 han resultado heridos, según cifras del Ministerio de Salud Pública recogidas por la Organización Mundial de la Salud (OMS).
Unicef, por su parte, calculó que más de 370.000 menores fueron obligados a huir de sus casas solo en las tres primeras semanas de la ofensiva israelí que comenzó en marzo.
Nuestra casa
"Esta es nuestra casa, de verdad. Aquí estudiamos, jugamos, dormimos, comemos: todo el tiempo pasa aquí", dice a EFE Shirin Saad, de 19 años, que vive en el orfanato y estudia arquitectura de interiores en la universidad.
Comparten tres pequeñas aulas y duermen diez por habitación en tres dormitorios con literas llenas de peluches y objetos personales. "Vamos al colegio y, cuando volvemos, comemos y vamos a clase. Estudiamos y, cuando terminamos, jugamos unas horas, vemos la tele, cenamos y nos vamos a dormir", relata Shirin.
El orfanato lo abrió a principios de los años 90 Mohamad Ali Fawaz, natural de Tebnine y padre de Basima, con la ayuda de varios colegas, y fue su director. El edificio lo levantaron un profesor alemán, soldados neerlandeses de la misión de la ONU en Líbano (UNIFIL) y vecinos de la zona.
Fue también él quien recorrió los pueblos de la zona para reunir a las niñas huérfanas. "Fue un gran reto para él, pero lo consiguió", recuerda su hija. El centro se define como independiente y sin vinculación religiosa ni política.
De aquí han salido empresarias, ingenieras y profesoras de geografía, "muy buenas mujeres, útiles para la sociedad", según Basima. Algunos de sus futuros maridos llegaron a pedir permiso a Mohamad Ali para casarse con ellas, "porque él era su padre aquí".
Miedo y sin fondos
"Antes de esta guerra teníamos que llevar a dos de las niñas al psicólogo y ahora, después de traerlas de vuelta, tenemos que hacerles seguimiento", explica Fawaz.
Otra niña perdió a su padre en el conflicto y otra más perdió a toda su familia.
"Más allá de lo material, necesitan de todo: que las cuiden bien, intentar que vuelvan a tener una vida normal, como antes. También necesitan apoyo psicológico", resume.
A la falta de seguridad física, sin embargo, se suma la económica. "No llega financiación. Vivimos con 100 dólares de aquí, 100 de allá", denuncia Fawaz, que cuenta que hace poco un hombre se ofreció a donar pijamas y pantalones para las niñas.
"La comida está muy cara ahora", lamenta. El centro tiene que hacer frente, además, al material escolar, las matrículas y la seguridad.
Dormir en paz
"Nos fuimos de aquí porque había muchas bombas en la zona. Nos fuimos a vivir a otro sitio, y a veces íbamos a refugios", recuerda Shirin.
"Antes de la guerra vivíamos con normalidad. Estudiábamos, comíamos en paz, dormíamos en paz. No pensábamos que la bomba pudiera caer al lado de donde dormíamos", cuenta. Ahora, dice, "el miedo se ve en los ojos de los niños" y pasan el día "estresados".
Lo que le da algo de seguridad son los profesores que las acompañan: "Nos hacen sentir seguras, en paz. Nos dicen que estemos tranquilas, que no pasa nada".
Lo primero que hará cuando acabe la guerra, asegura, es "vivir con normalidad: estudiar, ir a la universidad en paz, sin sentir ningún estrés".
Fawaz reafirma esa sensación: "Sólo buscamos paz, poder movernos con libertad, poder darles seguridad y lo básico a estas niñas", admite.
"Necesitamos paz. Necesitamos esperanza de que volveremos a ser libres", concluye.
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