Dos mil años después, ¿volvemos al pozo?
Un ejemplo tan cercano como el de mi prédica del domingo pasado me sirve para comenzar esta reflexión. Propuse a los feligreses de mi parroquia la idea de contrastar los sufrimientos y las cruces que existían en tiempos de Jesús con los nuestros. Es decir, pensar en aquellas dificultades propias de la época, de la región y del momento histórico, y en cómo algunas de ellas han quedado, al menos en teoría, superadas.
Puse como ejemplo la energía eléctrica y el agua potable. En tiempos de Jesús las dificultades eran diferentes. Es verdad que no se puede sufrir por lo que no se conoce; al menos aquellos hombres y mujeres no sufrían la añoranza de saber lo que es tener luz eléctrica y agua potable para luego no tenerlas. Pero eso no significa que conseguir agua o mantener una casa iluminada no fuera una tarea dificultosa y motivo de preocupación para los habitantes de aquellas épocas.
Había que recorrer distancias hasta los pozos o fuentes de agua y cargar en cántaros lo necesario para las labores domésticas y para la vida diaria. Ahí está la samaritana del relato bíblico, que llegó al pozo bajo el peso del calor y el bochorno del día. Había también que procurar suficiente aceite para las lámparas y mantener la alcuza llena, no fuera a ocurrirles como a las vírgenes imprudentes —o poco previsoras— que se quedaron sin aceite. Como mucho, podían aspirar a tener suficiente dinero para mantener sus lámparas encendidas y a que el pozo no estuviera demasiado lejos de casa.
Todo esto para concluir ante mis feligreses que, al ritmo que vamos en Puerto Rico, entre los apagones y las interrupciones del servicio de agua, podemos acabar por el mismo camino, o bastante cerca. Claro, hubo una gran carcajada. Quizás una de esas carcajadas nerviosas. Primero, porque alguno habrá pensado: “Mira al padre metiéndose en terreno político”. Y segundo, porque seguramente también pensarían que algo de razón llevo.
Pero no quisiera que esto fuera una crítica al sistema y nada más. Después de todo, estamos francamente cansados del dedo acusatorio en Puerto Rico. Parecería que nos hemos especializado en identificar culpables y no necesariamente en encontrar soluciones.
Quiero comprender mejor el problema para, de alguna manera, ser una voz que incentive a quienes tienen responsabilidades sobre él a buscar soluciones, muchas de las cuales seguramente ya están intentando poner en marcha. Después de todo, tampoco se debe criticar lo que no se conoce bien.
Y por eso vale la pena hacerse una pregunta que parece fundamental: ¿cómo es posible que en Puerto Rico tengamos problemas de agua?
Vivimos en un lugar donde no experimentamos las cuatro estaciones del año como en otros países. Nuestra relación con el tiempo se parece más a meses de lluvia y meses de más lluvia. Es una exageración, claro está, porque también conocemos períodos de sequía como el que estamos atravesando en la actualidad. Pero la pregunta sigue siendo válida: en una isla tropical como la nuestra, ¿qué está fallando?
Lo de la luz, como decía mi abuela, son otros veinte pesos. Pero, ¡el agua! ¿Cómo es posible?
Y resulta que, cuando uno comienza a buscar, la respuesta es bastante más complicada de lo que parece. Una cosa es el agua que cae del cielo y otra muy distinta la que finalmente sale por la pluma. Entre una y otra hay todo un sistema: el agua tiene que llegar a nuestras cuencas y ríos, ser captada o almacenada, pasar por plantas de tratamiento, ser bombeada y recorrer una extensa red de tuberías hasta llegar a nuestras casas. En otras palabras, como dice el folklore puertorriqueño, llueva o no llueva; o, como dice aquel otro, llueva, truene o ventee, el problema es bastante más complejo de lo que podemos imaginar.
Hay un dato que ayuda a comprender la magnitud del asunto. Según información publicada por la Junta de Supervisión Fiscal en 2023, aproximadamente el 65% del agua producida por la AAA se pierde por escapes en las tuberías y desbordamientos. Y aquí no hablamos simplemente del agua de lluvia que cayó sobre nuestra cordillera y montañas, llegó a alguno de nuestros ríos y siguió su curso hasta el mar. Pensemos, por ejemplo, en el Río Grande de Loíza, cuya cuenca recoge agua desde zonas montañosas del interior oriental, atraviesa el valle de Caguas y alimenta el embalse de Carraízo antes de continuar, aguas abajo de la represa, hacia su desembocadura en el Atlántico. De lo que hablamos en ese 65% es de agua que ya había sido captada y producida por el sistema, pero que se perdía por escapes y desbordamientos. A esto se suman otras pérdidas relacionadas con la medición y con agua consumida que no queda adecuadamente contabilizada.
El problema, por tanto, no es solamente cuánta agua tenemos en Puerto Rico, sino nuestra capacidad para captarla, almacenarla, tratarla y distribuirla eficientemente. También el almacenamiento presenta sus propias dificultades. Nuestros embalses llevan décadas acumulando sedimentos, que poco a poco les van restando espacio para almacenar agua. El Servicio Geológico de Estados Unidos ha documentado pérdidas importantes de capacidad en varios embalses del país. Carraízo es un buen ejemplo. Este había perdido cerca del 40% de su capacidad original de almacenamiento para 2009. Puede llover mucho, pero si tenemos menos capacidad para guardar esa agua, tendremos también menos reserva cuando lleguen los tiempos de sequía.
A esto se suma una infraestructura que necesita reparación y modernización: tuberías, estaciones de bombeo, tanques, plantas de filtración, sistemas de medición y tantas otras piezas de una maquinaria enorme que la mayoría de nosotros solamente recuerda que existe cuando abrimos la pluma y sale apenas un chorrito. Ahora bien, tampoco sería justo decir que no se está haciendo nada. La AAA mantiene programas para detectar salideros, reparar tuberías, mejorar el manejo de la presión, sustituir medidores antiguos y modernizar distintas instalaciones. Hay técnicos, ingenieros y trabajadores ocupándose día y noche, intentando arreglar y mantener en funcionamiento un sistema extraordinariamente complejo.
Tampoco parece que todo pueda reducirse a otra explicación muy conocida entre nosotros: que no hay chavos. El Plan Fiscal de la AAA recoge más de siete mil millones de dólares en subvenciones y préstamos a bajo interés otorgados por distintos programas y entidades federales para proyectos relacionados con la infraestructura de agua y alcantarillado. Es una oportunidad extraordinaria para reparar y modernizar un sistema que evidentemente lo necesita. Esperamos, oramos y deseamos que ese dinero llegue a donde tiene que llegar y, sobre todo, que termine convertido en las mejoras que nuestro querido Puerto Rico necesita.
De modo que el panorama es más complejo de lo que parece a primera vista. ¡Dinero hay! ¡Talento hay! ¡Conciencia hay!, al menos esa conciencia que ha llegado con las restricciones; es decir, a la fuerza. También tenemos agua, pero hemos perdido capacidad para almacenarla; producimos agua, pero una cantidad extraordinaria se pierde dentro del sistema; tenemos una infraestructura que necesita atención, pero también existen proyectos en marcha y miles de millones de dólares destinados a mejorarla. Tal vez el verdadero problema no sea solamente la cantidad de agua que tenemos, sino nuestra capacidad para manejarla y hacer que llegue, de manera confiable, hasta donde tiene que llegar.
Y entendiendo todo esto, ya no es suficiente preguntar: ¿cómo es posible que en Puerto Rico, donde llueve tanto, nos falte el agua? Hay que preguntar también: ¿qué nos impide convertir los recursos naturales en un sistema de agua verdaderamente confiable? ¿Cuánto tiempo tomará hacerlo? ¿Y cómo podemos asegurarnos de que esta oportunidad de inversión no pase sin resolver los problemas que llevamos décadas arrastrando?
No pretendo tener todavía todas esas respuestas. Precisamente por eso preferí comenzar preguntando antes que acusando. Pero mientras buscamos respuestas, no puedo evitar regresar mentalmente a aquella imagen con la que había comenzado la prédica: la samaritana caminando hacia el pozo con su cántaro —hace más de dos mil años—.
Hoy día tenemos embalses, plantas de filtración, bombas, millas de tuberías, sistemas de ingeniería que en aquellas épocas ni siquiera hubieran podido imaginar y, sobre todo, miles de millones de dólares disponibles. Todo este progreso debería habernos alejado mucho de aquel pozo. Y, sin embargo, cada vez que en algún hogar en Puerto Rico hay que volver a llenar cubos, almacenar botellas o depender de una cisterna porque por la pluma no sale agua, por un instante aquella distancia de dos mil años parece hacerse más pequeña.
Quizás la pregunta no es si tenemos agua o no. La pregunta es qué tenemos que hacer para que el agua se convierta, finalmente, en agua con la que podamos contar. Que no entremos en sequía de esperanza ni de oración, y que tampoco a nuestros ingenieros, técnicos y trabajadores les falte nuestro ánimo. Ojalá que el esfuerzo de todos nos permita mirar hacia adelante con la confianza de que podemos lograrlo.
Eugenio F. Gómez Sánchez nació en San Juan, Puerto Rico, en el año 1984. Orgulloso gallito de la Universidad de Puerto Rico, obtuvo su Bachillerato en Ciencias Políticas, con el deseo de continuar estudios en Derecho. Sin embargo, sus planes tomaron un rumbo distinto cuando escuchó la llamada de Dios al sacerdocio. Ingresó al seminario en 2007, iniciando su formación en la Pontificia Universidad Católica de Ponce y, posteriormente, fue enviado a España, al Seminario Mayor San Ildefonso de Toledo, donde obtuvo la Maestría en Divinidad y Estudios Eclesiásticos en 2012. Fue ordenado sacerdote el 15 de diciembre de 2013. Continuó estudios en Teología Fundamental y recibió el grado de Licenciado en Teología por la Universidad San Dámaso de Madrid en el año 2020. A lo largo de su ministerio, el P. Eugenio ha servido como párroco en diversas comunidades tanto en España como en Puerto Rico. Actualmente está en la Parroquia del Espíritu Santo en Levittown, Toa Baja, donde continúa sirviendo con dedicación y cercanía pastoral. Su sensibilidad hacia los más necesitados y su firme compromiso con las causas justas marcan profundamente su vida y su obra. Además, ha ejercido como profesor en el Instituto Alonso de Orozco, en Oropesa (Toledo); profesor en ISTEPA para la formación de futuros diáconos permanentes; capellán de la Guardia Nacional de Puerto Rico; director espiritual del Consejo de Acción Social Arquidiocesano (C.A.S.A.); y director alterno del Movimiento de Cursillos de Cristiandad.
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