Kimi, el hijo deportivo de Toto y el heredero de Hamilton que devolvió el orgullo a Italia
Monza, el templo de la velocidad. 30 de agosto de 2024. Sólo cinco días después de cumplir 18 años, Mercedes sube a su monoplaza en el primer libre del Gran Premio de Italia de ese año a su gran promesa. Apuesta personal del jefe de equipo de la escudería alemana, el austriaco Toto Wolff. Una suerte de réplica al Max Verstappen de Red Bull.
Andrea Kimi Antonelli apenas dio cuatro vueltas antes de que, diez minutos después de iniciada la sesión, perdiese el control de la 'flecha plateada' en la Parabólica y se estrellase fuertemente contra las protecciones.
Las dudas sobrevolaron el 'paddock'; y se extendieron más allá del mismo. Pero Toto no cambió de opinión; y dos años después, su protegido boloñés no sólo se acaba de convertir en el más joven campeón de todos los tiempos y en el tercer italiano -73 años después de que lo lograse por última vez Alberto Ascari- en ganar el Mundial, sino que, en el camino, lo hizo con una inolvidable exhibición… ¡en Monza!. Donde ganó desde el fondo de la parrilla, protagonizando la segunda remontada más grande de la historia.
En su citado primer libre en la F1, ante sus compatriotas, Kimi se había subido al coche de George Russell, su actual compañero; pero ya se sabía que heredaría el monoplaza de otro inglés, el séptuple campeón mundial Lewis Hamilton, que a principios de año había anunciado su marcha, precisamente, a Ferrari: todo un símbolo patrio en Italia. La mejor parte de esa herencia, no obstante, fue la de Peter Bonnington, el ingeniero de pista de Sir Lewis, con el que ‘Bono’ compartió la gloria en los seis títulos que el espectacular y excéntrico campeón de Stevenage festejó con la escudería alemana.
En su primer año en la categoría reina, Antonelli no destacó en exceso; reavivando los recelos de algunos. Cuarto en su debut de Australia, no ganó ninguna carrera, pero sumó tres podios -fue segundo en Sao Paulo (Brasil) y repitió en Las Vegas (EEUU) el tercer puesto que había logrado en Canadá- para acabar séptimo el Mundial, con 150 puntos. A 273 (casi el doble) del campeón, el inglés Lando Norris.
Esta temporada, sin embargo, despejó absolutamente todas las dudas, pulverizando marcas, especialmente la de precocidad en coronarse. Antonelli se acaba de proclamar campeón con 20 años, dos meses y siete días, mejorando en más de tres años el récord que poseía el alemán Sebastian Vettel, que en 2010 había festejado el primero de sus cuatro títulos con 23 años y 134 días.
El nuevo chico de moda de la F1 no sólo ha ganado el Mundial. Lo ha hecho, puliendo errores al principio, creciendo a lo largo del año y aprovechando, también, cada golpe de suerte con una autoridad aplastante. Anotándose, de momento y a falta de cuatro carreras, nueve victorias. Entre ellas, la citada de Monza, las que logró en otro monumento, Spa-Francorchamps (Bélgica), y en la muy icónica Mónaco; y en el recién estrenado ‘Madring’ de la capital de España, donde dejó virtualmente sentenciado el certamen.
Kimi, al que le bastó ser tercero este domingo, había destacado en las categorías inferiores. En 2022 ganó las F4 de Alemania y de Italia, un año después se impuso en las Fórmulas Regionales de Europa y de Oriente Medio; y en 2024, saltándose la F3, pasó a la Fórmula 2, que acabaría sexto antes de dar el gran brinco a la categoría reina.
Su padre, Marco, que no nació hasta once años después de que Ascari lograse su segunda corona, fue piloto y es propietario del campeonato GT italiano y del equipo AKM Motorsport de la F4. Y está claro que en su casa nunca faltó una buena lasaña. Pero el ‘padre deportivo’ de Antonelli es, sin duda, Toto Wolff, que lo protegió en todo momento.
Según se cuenta, Kimi impresionó, a los 11 años, en el simulador de Maranello, pero, por el motivo que fuese -hay versiones contradictorias al respecto- fue descartado para ingresar en el programa de jóvenes pilotos de Ferrari. Uno de los símbolos industriales, económicos y deportivos de Italia.
A partir de ese instante, su carrera no se desarrolló sobre el fondo en rojo de la ‘Scuderia’ -la más laureada de la historia de la F1-, sino bajo el manto plateado de Mercedes.
Este domingo, no obstante, Antonelli puso fin -en un equipo alemán, eso sí- a la larga travesía en el desierto, en la categoría reina, de la afición italiana. Ferrarista por definición. Pero con escasos éxitos personalizados en la figura de algún compatriota.
La Fórmula Uno, cuya primera carrera tuvo lugar en el circuito inglés de Silverstone, existe desde 1950, una temporada en la que Italia, que representaba en aquel momento el epicentro del automovilismo, festejó al primer campeón de la historia: Giuseppe Farina. A bordo de un Alfa Romeo.
Un año después, el quíntuple campeón mundial argentino Juan Manuel Fangio logró su primer título, antes de convertirse en la primera leyenda de la división de honor del ‘motorsport’. Y las dos temporadas siguientes fueron las que encumbraron a Ascari, que repitió en 1953 el título logrado un curso antes. Eso, dos años antes de morir accidentado, en unas pruebas que tuvieron lugar precisamente en Monza: en la zona del circuito en la que ahora se instaló la variante que lleva su nombre.
Desde entonces, hasta este domingo, Italia sólo había festejado los títulos de Ferrari, la escudería más exitosa de la historia -con 15 títulos de pilotos y 16 de constructores-, a la que llevaron a alcanzar las más altas cotas el austriaco Niki Lauda y, sobre todo, el alemán Michael Schumacher. Junto a Hamilton, el único séptuple campeón de la historia.
Varios motivos provocaron que hasta ahora no hubiese habido más campeones mundiales italianos.
Primero fueron las crisis financieras que apartaron de la F1 a Lancia, Maserati o Alfa Romeo, dejando como único representante solvente, a partir de 1960, al legendario equipo de Maranello. Eso movió claramente el peso de la Fórmula Uno hacia las islas británicas, donde comenzaron a florecer escuderías; en una época en la que los grandes campeones fueron el inglés Graham Hiill y los escoceses Jim Clark y Jackie Stewart.
Pero hubo otro golpe importante, en la muy católica Italia. Fallecían demasiados pilotos. Ascari se había matado a bordo de un Ferrari, tres años antes de que le sucediese lo mismo, accidentado en el Gran Premio de Francia de 1958 y en Reims, a Luigi Musso.
'L’Osservatore Romano', el periódico del Vaticano, comparó entonces la imagen de la F1 con la de “Saturno devorando a sus hijos”. Unos hijos que anteponían las posibilidades de gloria y enriquecimiento a cualquier otra consideración, en opinión del citado diario político-religioso.
Y cuando Lorenzo Bandini falleció, abrasado por el fuego, en el Gran Premio de Mónaco de 1967, Enzo Ferrari juró que nunca jamás volvería a contratar a un piloto italiano. Al menos eso fue lo que afirmó públicamente, el año pasado, el estadounidense Mario Andretti, campeón mundial en 1978-con (evidentes) raíces italianas- en una rueda de prensa.
Esa regla se mantuvo prácticamente a rajatabla hasta la actualidad. Con la excepción, en los años 80, de Michelle Alboreto, el único italiano que desde entonces llegó a completar una temporada entera a bordo de un Ferrari. Lo hizo en cinco campañas y llegó a aspirar al título, pero lo máximo que alcanzó fue el segundo puesto general en 1985, por detrás del francés Alain Prost.
Alboreto fallecería años después, en 2001, asimismo accidentado; cuando preparaba las 24 Horas de Le Mans en el Lausitzring alemán.
Por lo que fuera, Ferrari no se quedó con Antonelli y Toto Wolff lo acaba de hacer campeón para Mercedes. Pero entre medias, Monza, auténtico santuario ferrarista -donde es muy posible que ni uno solo de los integrantes del público recuerde haber visto correr a Ascari-, vibró a principios de septiembre con la histórica exhibición del joven astro boloñés.
Con sentimientos encontrados, los ‘tifosi’ acabaron aceptando una realidad que, no obstante, les hizo felices. Ferrari lleva sin festejar un título de pilotos desde 2007, cuando lo ganó otro Kimi: finlandés y de apellido Raikkonen. Pero Italia vuelve a tener un gran campeón.
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