Un dilema de inteligencias
Con toda la maldad y alevosía que les relataré aquí, le pedí a la inteligencia artificial que me resumiera los detalles de una novela publicada en los sesenta en Perú. El título y el autor no son relevantes en este momento. La solicitud a la aplicación electrónica sí lo es. El resumen, capítulo por capítulo, contenía errores significativos de hechos, personajes y contextos. Naturalmente, ya había leído la novela y conocía los detalles, lo que me permitió identificar las faltas garrafales que la susodicha inteligencia sobrehumana había cometido. Con esto, comenzó un proceso de reflexión.
Pudiendo alimentar la inteligencia propia y desarrollar el orgullo que nace de fortalecer el intelecto con nuevo conocimiento, mucha gente alrededor del mundo escoge suplir la necesidad de aprender con una inteligencia que puede hacer tanto daño como los alimentos ultraprocesados, ambos por lo artificial. Había escuchado que la inteligencia artificial era mentirosa, carente de sentimientos y ausente de compás moral, pero no lo había corroborado en carne y hueso.
Esto significa que la inteligencia artificial, muy conscientemente, va a mentir precisamente porque no tiene dispositivo alguno que le permita juzgar el efecto nocivo de la falsedad ni sentirse responsable por lo que pueda causar. A pesar de esto, la gente sigue confiando en ella para tomar decisiones determinantes que tienen consecuencias muy reales en sus vidas y en las de otros. Ese fue el caso, como cuestión de ejemplo, de varios abogados en diferentes jurisdicciones que descansaron en la inteligencia artificial para que le hiciera el trabajo que a su propia inteligencia le correspondía. Citaron jurisprudencia inexistente y usaron fallos falsos que la sabiduría sintética les dio, y solo salieron ganando la sanción de los tribunales. En fin, que validaron el refrán que tanto se escuchaba: “el vago trabaja doble”.
Pero la situación es más profunda y ya entronizada. ¿Por qué alguien querría desplazar las habilidades que tiene y detener su desarrollo para sustituirlas por una alternativa claramente inferior con todo el potencial de meterle en serios problemas? Una posible respuesta es la inmediatez. Vivimos en un mundo que corre de prisa y queremos todo resolverlo sin que nos cueste tiempo ni esfuerzo alguno. La forma en la que se han configurado las nuevas sociedades con toda la tecnología promueve el que la gente, de todas las edades, no esté dispuesta a esperar por nada. Leer, estudiar, revisar, desmenuzar, analizar, pensar críticamente, todas consumen tiempo. Aprender cuesta, pero es lo que adelanta a las civilizaciones; es lo que nos permite crecer como individuos y construir sociedades capaces de atender adecuadamente las necesidades de cada cual. Leer nos abre las puertas a un universo de verdades y posibilidades que podemos evaluar. La solución de problemas es una destreza que, al igual que los músculos, se fortalece cuando se practica frecuentemente con la adecuada resistencia.
Entonces, ¿qué queremos dejar para las generaciones que se levantan? ¡Cuidado! se trata de las mismas generaciones que usarán las herramientas que han obtenido para crear y mantener un entorno en el que nosotros también tendremos que vivir. Propongo varias alternativas. Por un lado, de nada vale crear caos con una herramienta que llegó para quedarse.
La inteligencia artificial tiene sus notables defectos, pero también tiene virtudes. Sería conveniente evaluar las maneras adecuadas en las que la inteligencia artificial sí nos puede servir. De igual modo, debemos divulgar los problemas que causa y sus posibles efectos para que aprendamos de ellos. Existen diferentes herramientas que nos permiten agilizar procesos, organizar información y tomar decisiones usando datos que les hemos provisto. Aprender de eso claro que es conveniente. Lo que no es para nada productivo es pretender que esas herramientas sustituyan procesos de evaluación, análisis y discriminación de información que solo la mente educada puede alcanzar.
Ninguna inteligencia artificial tendrá la sensibilidad humana ni la capacidad de usar nuestros valores y los elementos morales para distinguir entre lo bueno y lo malo. Ninguna emitirá un juicio valorativo como el que muchas veces tenemos que producir para atender determinadas situaciones y resolver ciertos problemas. Por eso, no le damos la bienvenida a la inteligencia artificial para que sustituya procesos que son propios de nuestra humanidad y que, honestamente, no debemos estar dispuestos a delegar. Más bien, la recibimos para complementar nuestra sabiduría y para sernos útil a nosotros como elemento sobre el cual nosotros ejercemos control.
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