Doña Juana: la «mala vecina» que tapa con basura el horizonte verde de Bogotá
La montaña de basura que genera Bogotá se acumula desde hace años junto a otra: la que acoge los cultivos y viviendas de Mochuelo Alto, una aldea en la que las familias conviven con el olor, el ruido y los problemas sanitarios que arrastra el mayor vertedero de América Latina.
La "mala vecina", como la conocen algunos de sus habitantes, se llama Doña Juana y es un relleno sanitario de unas 600 hectáreas que crece actualmente al ritmo vertiginoso de 6.700 toneladas de residuos al día y, poco a poco, desde su apertura en 1988, ha modificado radicalmente el paisaje.
Los pobladores tenían hace años una vista privilegiada de Bogotá, con la icónica iglesia de Monserrate sobre los cerros orientales al fondo. Ahora, sólo ven una montaña de basura.
Brigitte Castiblanco ha vivido durante 43 años en Mochuelo Alto junto a un millar de personas que, con los años, se han convertido en su familia. De niña corría por los terrenos donde hoy se levanta la "mala vecina".
"Cuando era niña podíamos correr allá en esos terrenos, podíamos jugar. Se veían animalitos, aves, serpientes, de todo. Entonces era tranquilidad, se respiraba aire puro", recuerda. Hoy, dice, "esa montaña es sólo basura".
A esa transformación ambiental se le suma otra de salubridad: "Ahora tenemos moscas, ratas, olores y polvo", que se complementan con el ruido de las decenas de camiones que la montaña recibe a diario y que depositan basura sin descanso, durante las 24 horas del día.
Camiones que alimentan la montaña
Doña Juana no es un vertedero, sino una obra de ingeniería diseñada para enterrar los residuos por secciones. La basura de Bogotá y de otros siete municipios llega en camiones, se descarga, se esparce, se compacta y finalmente se cubre con arcilla.
Bajo esas capas hay filtros, drenajes y tuberías que recogen los lixiviados -líquidos generados por la descomposición de los residuos- y los llevan hasta una planta donde son tratados antes de ser vertidos al río Tunjuelo, que atraviesa el sur de Bogotá.
Andrea Pérez Cadavid, gerente del operador del relleno, explica a EFE que los olores son inevitables porque "por más temas biológicos que haga, los olores huelen", pero su objetivo es enmascararlos.
La empresa, encargada de operar el relleno desde 2010, utiliza una mezcla de catalizadores y vinagre de arroz para controlarlos y entrega semanalmente platos amarillos y cintas atrapamoscas para lidiar con los insectos.
Las moscas
En Mochuelo Alto la experiencia cotidiana es otra. Francy Gómez, profesora de la escuela local, cuenta que las moscas suelen concentrarse al mediodía, cuando llega la comida caliente para los alumnos.
"Ahí a esa hora siempre hay concentración de moscas", denuncia la docente, quien también cuestiona que las trampas adhesivas utilizadas para combatirlas atrapen además abejas, avispas, polillas y mariposas, lo que tiene consecuencias medioambientales.
Aunque en las últimas semanas, por la temperatura y las condiciones atmosféricas, no hayan tenido muchas moscas y las tiras amarillas se vean vacías, en los periodos en los que "no cubren bien la basura", Gómez explica que las tienen que cambiar diariamente y convivir con ellas.
"Cuando hay moscas es un día donde usted no puede comer tranquilo, usted no puede cocinar ni dejar la olla destapada un momento porque ya va a revisar y ya está la cantidad de moscas ahí", lamenta Castiblanco.
Vivir entre montañas
Javier, quien no quiso desvelar su apellido, conoce las dos caras del problema. Vive en Mochuelo Alto desde los seis años y trabaja desde 2011 en el relleno como operador de maquinaria.
Durante su jornada, trabaja sobre la montaña de residuos. Cuando termina, regresa a la otra montaña, la de los campos agrícolas: cultiva tomates y flores con sus hermanos.
Forma parte de un alto porcentaje de trabajadores del relleno que viven en las aldeas aledañas. Desde el frente de disposición observa cómo el espacio que parece vacío al terminar una jornada vuelve a llenarse con residuos.
La paradoja está en que la basura que produce la ciudad llega a una zona que todavía conserva una fuerte actividad rural. Allí hay cultivos, animales, pequeños emprendimientos y rutas de turismo comunitario.
Concienciación sobre residuos
Para Pérez, el problema también tiene una dimensión que empieza mucho antes de que un camión alcance el vertedero. Más del 60 % de los residuos que llegan cada día corresponde a material orgánico y cerca del 16 % es potencialmente aprovechable.
"Es fundamental que la ciudadanía adquiera el hábito de realizar una adecuada separación en la fuente, desde sus hogares", sostiene la gerente.
Mientras la ciudad continúe produciendo basura y Doña Juana siga enterrándola, en Mochuelo Alto la pregunta es cuánto tiempo podrá seguir creciendo una montaña que ya cambió el paisaje de quienes nacieron allí.
Pérez asegura que el relleno tiene 17 años más de vida útil, pero la Alcaldía ya proyecta un futuro distinto para este territorio con el Parque de Innovación Doña Juana, un modelo que busca reducir el enterramiento y aumentar el aprovechamiento de los residuos.
Paula Cabaleiro
Lleva las noticias de Puerto Rico
en tu móvil
Alertas de última hora, lectura rápida y 100% gratuita.
Comentarios
Inicia sesión o crea tu cuenta gratuita para unirte a la conversación.